Ta ibili munduan

Resistiendo en Manila a la fuerza

Por la mañana, nos despertamos pronto y de esa manera nos vamos haciendo al horario filipino. Nada más juntarnos en recepción, recibimos un mensaje de otros dos compañeros de grupo, Lula y Jonathan, diciendo que les han retrasado el vuelo y que llegarán más tarde. Se les complica el viaje, ya que tenemos un vuelo para la mañana siguiente muy pronto y no creo que lleguen a cogerlo. Dado que no podemos hacer gran cosa por ayudarles, salimos del hotel para buscar un sitio donde desayunar Alberto, Juancar y yo.

Mientras nos comemos ese estupendo desayuno, nos escribe Eduard, otro compañero del viaje, avisando de que está esperando a recoger la maleta y venirse al hotel. En cuanto terminamos, nos vamos en su búsqueda.

Nos juntamos, dejamos a Alberto cerrando el viaje que ha hecho las dos semanas anteriores por Indonesia y nosotros tres (Juancar, Eduard y yo) nos vamos a un centro comercial que tenemos muy cerca del hotel. Está lloviendo a mares y no tenemos muchas más opciones. Manila no tiene nada curioso ni nada interesante que visitar. Es el punto de partida para el viaje por ser la capital de Filipinas, pero no merece mucho la pena quedarse por aquí. Así que intentaremos pasar el día lo mejor posible.

 

Damos vueltas y vueltas por el centro comercial, que es enorme y damos gracias de que así sea, y en cuanto vemos clara la oportunidad, nos sentamos a tomar unas cervezas. Hay muchos sitios que son tipo cafetería y no tienen cerveza, pero buscando y rebuscando acabamos en unos con estilo mediterráneo y nos bebemos unas San Miguel que para ser sinceros podían estar más fresquitas.

Eduard está muy cansado del viaje. Ha sido el último en incorporarse y necesita descansar un rato. En ese momento es cuando más valoramos Juancar y yo haber llegado un día antes. Nos hemos recuperado más o menos den viaje y de esa manera podemos empezar con más energía el viaje. Le acompañamos de camino al hotel a Eduard y nos juntamos con Alberto para irnos a comer algo.

Me encanta el sistema de pedir varios platos e ir compartiendo. Pero todavía me encanta más la comida asiática. Soy consciente de que en este tipo de viajes acabas cansado de este tipo de comida, pero hasta entonces lo voy a disfrutar.

Sigue jarreando como si no hubiera un mañana y no hay nada mejor que irse a echar una siesta y aprovechar para seguir recuperándonos de las más de 24 horas de viaje. Me doy una ducha calentita, aprovecho para escribir un poco y me echo una siesta que me viene fenomenal.

Cuando hemos tenido suficiente y estamos todos deseando hacer algo, nos juntamos en el hall del hotel y, aunque a todos os pueda parecer sorprendente, nos vamos a tomar unas cervezas. No está nada mal para conocernos, pero nos hubiera gustado más estar paseando por Manila. ¡Qué le vamos a hacer si nuestra única opción es irnos de cañas!

Lo que ocurre es que en este momento está pasando por Filipinas el tifón Nalgae. No estamos en el epicentro, pero es una pasada ver cómo no para de llover en ningún momento. De hecho, en las noticias que vamos leyendo, vemos que ya hay más de 40 muertos y nos damos cuenta de que no es ninguna broma.

Sin mucho más que hacer, tras las cañas y cenar pronto, para las 10 de la noche estamos en la cama. Toca madrugar por la mañana, ya que hemos quedado a las 4:30 en la recepción del hotel para ir al aeropuerto. ¡Por fin vamos a salir de Manila!

Gracias a las 4 alarmas que me pongo para no quedarme dormida, consigo levantarme, recoger la mochila y bajar en hora a recepción. Cogemos un taxi hasta el aeropuerto y al llegar nos quedamos con la boca abierta. ¿Qué está pasando? Hay muchísima gente fuera tirada en el suelo durmiendo, esperando a poder entrar o simplemente como nosotros, dando vueltas sin entender nada.

Conseguimos llegar hasta una puerta donde nos informan de que hay muchos retrasos y vuelos cancelados. El nuestro, en lugar de salir a las 7 de la mañana, va a salir a las 7 de la tarde. No pasa nada, porque son cosas que pasan. El problema es tener que quedarnos en Manila, donde no tenemos absolutamente nada que hacer.

Nos tomamos un café y cogemos un taxi de vuelta al hotel. Ya habíamos hecho el check-out, pero vamos a pedir las llaves de las habitaciones de nuevo para dormir un poco más, mínimo hasta las 9.

Sobre las 9 nos vamos a desayunar y por suerte no está lloviendo. Incluso aprovechamos para darnos crema en la cara, no vaya a ser que los cuatro rayos de sol que asoman nos vayan a quemar.

Volvemos a nuestro centro comercial de confianza, donde buscamos una mochila para Juancar, porque en dos días se le ha ido descosiendo por todas las esquinas. Urgentemente necesita una nueva. Además, también aprovechamos para cambiar euros por pesos filipinos y, viendo la hora, nos sentamos para tomarnos unas cañas.

Ahí mismo aprovechamos y nos pedimos algo de comer y después nos movemos para tomarnos un café rico. Queremos ir tranquilos al aeropuerto, así que sin perder mucho tiempo, recogemos las maletas y nos vamos de nuevo a la T4 del aeropuerto de Manila. De mientras, a los dos compañeros que les habían retrasado el vuelo de Abu Dhabi a Manila, ya está cogiendo un vuelo hacia Tagbilaran, para ir al hotel en Alona Beach. ¡Al final van a llegar antes que nosotros!

Según llegamos al aeropuerto podemos comprobar cómo la situación no ha cambiado absolutamente nada. Nos acercamos a una puerta y después de llorarles mucho e insistir, nos dejan pasar dentro para esperar allí. Tirados en el suelo se nos ocurre empezar a jugar al juego de las palabras, que consiste en pensar una palabra con la última sílaba del último que haya dicho la última palabra. Una tontería de juego que hace que nos entretengamos un poco por lo menos.

Cuando llaman a los pasajeros de nuestro vuelo, pasamos un control y al pasar a la zona de facturación vemos que todo es una locura: filas por todas partes, ninguna indicación, la gente colándose… Y no vamos a ser menos, así que nos vamos metiendo entre la gente, pero parece ser que en la cola equivocada.

Entre que preguntamos, nos dividimos en diferentes colas, observamos los movimientos de la gente y, cuando vemos que uno de nosotros avanza significativamente, nos juntamos todos y conseguimos hacer el check-in y la facturación de nuestras maletas. Pero durante todo ese proceso hemos podido observar cómo han retrasado nuestro vuelo hasta las 10 y media de la noche.

Entramos en la zona de embarque, donde también hay muchísima gente, sentada en sillas o tirada en el suelo durmiendo. Buscamos un txoko para nosotros donde pasar las siguientes cuatro o cinco horas. Lo cual claramente se convierte en un infierno. Pero encima, si le añades que empezamos a contar los peores chistes del mundo y a soltar las máximas tonterías que pueden salir de nuestra boca, el resultado es que, para cuando cogemos el avión, los cuatro tenemos pinta de necesitar ayuda psicológica.

Al final resulta que embarcamos como para volar a las 10:30 y ya estamos encantados de la vida. En breves vamos a llegar a la playa de Alona Beach. Me siento, saco mi hinchable para apoyar la cabeza y me quedo dormida en cuestión de segundos. Abro los ojos y con sensación de haber descansado como los ángeles, miro por la ventanilla y veo que todavía ni hemos despegado. Doce de la noche y seguimos en el mismo punto. En ese momento es cuando decide despegar y en una hora y pico estamos llegando en tuktuk a Alona Beach, donde se encuentra nuestro hotel.

Del viaje en tuktuk hasta el hotel no voy a hablar mucho. Simplemente, comentar que acabamos bajándonos y empujándolo para sacarlo del barro. Cosas que pasan…

Y en ese momento es cuando finalmente conocemos a nuestros últimos dos compañeros de viaje. Jonathan y Lula nos reciben con unas cervezas fresquitas y unas bolsas de patatas para picar. Es tarde, pero no nos importa, estamos hablando tranquilamente y estamos muy a gusto. Solo que cuando decidimos que ya es hora de irnos a la cama, sobre las 3 y media la mañana, Lula y yo decidimos que es buena idea seguir hablando durante casi una y media más. ¡Que nos han faltado noches juntas y tenemos que recuperar el tiempo perdido!

Por la mañana, después de haber dormido unas 3 horas, nos juntamos todos en el jardín del hotel, que no puede ser más perfecto, junto al mar. Hace buenísimo, algo que necesitábamos después de vivir la sensación de estar bajo el tifón en Manila. Con el sol pegando bien fuerte, nos vamos a desayunar algo.

Mucho se habla del ritmo caribeño de latinos, pero lo de los filipinos es otro nivel. Esta gente es muy tranquila y todo lo hacen con mucha calma. Lo cual, cuando quieres irte de turismo pone un poco de los nervios. Hay que pedir la cuenta con tiempo porque si no no nos movemos de ahí.

Hoy vamos a alquilar unas motos para ir a visitar las Chocolate Hills, así que de camino al hotel paramos para que Lula regatee al máximo el precio del alquiler y nos consiga un muy buen precio. ¡Así ya se puede!

Nos damos bien de crema (os adelanto que no nos sirve de mucho y acabamos como unos cangrejitos) y salimos de paseo con las motos. El paisaje es una auténtica pasada y el camino se disfruta mucho, pero también es una paliza, porque es mucho tiempo sentado en una moto y encima sin hacer muchas paradas.

Vamos los 6 en cuatro motos, ya que las chicas vamos de paquete y así nos ahorramos algo de dinero. Tras una parada para beber algo de agua, llegamos dos horas y media después al mirador de las Chocolate Hills.

Todas esas minimontañas que veníamos desde la carretera, las vemos desde arriba. Forman un paisaje muy curioso y precioso. ¡Y están por todas partes! Empezamos con el repertorio de fotos non-stop para poder posturear más tarde en Instagram, y cuando ya tenemos las fotos deseadas, vamos bajando, ya que empieza a entrarnos algo de hambre. Que sinceramente, con el calor que hace no me apetece comer nada, pero deberíamos parar y alimentarnos aunque sea un poco.

Decidimos poner rumbo al siguiente destino en el gps y ya pararemos en el camino donde podamos comer algo. Mientras llevamos nuestras melenas al viento por las carreteras de Bohol, entre pueblo y pueblo, nos llama mucho la atención uno en el que hay muchísima gente. Paramos las motos y vamos a cotillear qué está ocurriendo por allí.

El pueblo en cuestión es Batuan. No tenemos ni idea de porque hay tanta gente allí, pero intuimos que están jugando a la sokatira. Según llegamos nos empiezan a mirar todos y a animar a participar. Sin dudarlo ni un segundo, dejamos las mochilas y los cascos en el suelo y cogemos la cuerda. Somos 6, por lo que en el otro lado debería también de haber 6 filipinos. Aunque vemos que hay mucha más gente, ganamos. No sabemos si es que han decidido dejarnos ganar o realmente podemos con ellos. Pero nos da igual. Al sentir a medio pueblo animarnos y la otra mitad grabarnos, salimos de allí cómo si fuéramos famosos, chocándoles la mano. ¡Estas son las cosas que realmente me gusta de los viajes!

Con todo el subidón, cogemos de nuevo las motos y ahora sí que sí toca parar a comer algo. Sobre las 4 de la tarde finalmente paramos en medio de otro pueblo para comer algo de pollo frito en un puesto callejero. Nos sabe a gloria y de esa manera ya podemos seguir aprovechando el día. El único problema es que se nos han ido las horas y llegamos tarde para entrar al santuario de tarsiers. Así que vamos a probar suerte y ver si llegamos antes de que cierren la tirolina por la que queremos saltar.

Lo que más me está gustando de Filipinas es la gente, que no puede ser más simpática. Vamos en la moto y nos van saludando absolutamente todos. Y siempre con una sonrisa en la cara. Son todos un auténtico amor.

No tenemos suerte con nuestros planes y para cuando llegamos a la tirolina, está cerrando y ya solo nos queda volver al hotel e irnos a tomar algo. Solo que el camino de vuelta se hace muy pesado. Los culos se nos quedan planos y medio dormido. ¡Solo queremos llegar al hotel para bajarnos de una vez de la moto!

Antes de llegar al hotel, nos tomamos unas cañas y después ya pasamos por la ducha, que con la sudada que llevamos podemos apestar a cualquiera que se nos acerque.

Vamos a cenar a un sitio que nos han recomendado y, entre el cansancio y que somos todos unos payasos, el porcentaje de chorradas que soltamos por minutos avanza a pasos agigantados cuanto más cansados estamos. Pero algunos todavía podemos aguantar y nos vamos a echar unas partidas al billar. Alguien que me conozca sabe que no tengo ni pajolera idea de jugar al billar, por lo que no aporto demasiado en mi equipo. Simplemente, intento no molestar mucho, quitando que metí varias veces la bola blanca y casi uso la amarilla como si fuera la blanca.

Solo que decidimos jugar una segunda partida y gracias a varios tips y clases de Lula, consigo mejorar de manera épica y marcarme una partida que ni yo me la creo. Pero lo mejor de todo es que acabamos llorando de la risa, con gente que conocemos de uno o dos días. Eso es de lo mejor de esta vida. Puede que nos acabemos matando al final de viaje, pero en este momento estamos disfrutando mucho.

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